Mis dos hijos se parecen en bastantes cosas pero el sueño no es una de ellas; más bien todo lo contrario, es en lo que más difieren. Por suerte, mi primera experiencia fue la extraordinariamente buena, porque si hubiéramos empezado por la actual es más que probable que a día de hoy no tuviese dos hijos. Lo digo sin exagerar pero también sin paños calientes: la forma de dormir que tiene mi pequeño es terrible para un adulto, y eso que yo soy de dormir poco.

El mayor

Pensándolo fríamente, no es sólo que mis experiencias en el tema del sueño hayan sido opuestas, es que muy probablemente sus maneras de dormir son poco habituales. Mi hijo mayor dormía como un tronco, tanto que se olvidaba de comer (y de hecho el que durmiera tanto y no despertara de ninguna manera supuso el principio del fin de nuestra lactancia). Dormía sin necesidad de brazos, en cualquier sitio, de cualquier manera, en cualquier momento del día, horas y horas y horas. Casi desde el principio despertaba una única vez y antes de los cinco meses comenzó a dormir del tirón toda la noche: le posabas en su cuna sobre las 20.30h, se dormía al instante, y no le escuchabas hasta las 8 del día siguiente, a veces incluso hasta las 9 o las 10h. Cierto es que cuando cumplió un año empezó a tener terrores nocturnos, que le acompañaron muchos meses, y una gran necesidad de dormir acompañado, pero nada que no pudiéramos resolver airosamente colechando.

El pequeño

El pequeño desconoce lo que es dormir profundamente. La primera semana de vida decidió que desde las 23h hasta las 7 del día siguiente no se dormía, nada, ni un minuto, y ahí ya nos indicó por dónde iban los tiros… Exceptuando una noche a finales del mes de agosto (a punto de cumplir los cuatro meses), nunca ha dormido más de dos horas y media seguidas. Las noches buenas se despierta cada hora y media o dos horas, las noches malas cada veinte minutos. Son micro-despertares: se inquieta, se queja, se mueve mucho, lloriquea, todo con los ojos cerrados, pero hay que ayudarle a dormir de nuevo y cuanto antes para que no empiece a llorar y se despierte del todo. Unas veces le sirve el pecho, otras veces hay que pasearle después… Así un mínimo de cinco veces todas las noches y un máximo… una noche perdí la cuenta cuando a las 5 a.m. llevaba ya 15 paseos.

Necesita silencio absoluto para dormir, si alguien parpadea a su alrededor abre los ojos y se acabó, y en sus ocho meses y medio de vida se ha dormido por sus propios medios una sola vez. El colecho no le ha ayudado a despertarse menos aunque a mi sí me ha ayudado a resistir algunos de sus micro-despertares sin casi enterarme. El uso de portabebés ergonómicos también ha facilitado que duerma algo más y mejor durante el día. Los famosos cereales, cuya introducción es la panacea del sueño para muchos, tampoco notamos su efecto. Nada funciona porque, en realidad, lo único que sí va a funcionar es el paso del tiempo.

La falta de sueño

Esta segunda experiencia está siendo durísima: saber que no hay nada que hacer, que esto tiene que ser así y hay que pasarlo. La sensación de vivir en un bucle en el que todos los días son iguales (igual de malos), envueltos en una neblina de sueño y agotamiento que no parece tener fin. Temo a la noche y por agotada que esté no me apetece acostarme porque, ¿para qué?

El cansancio, la carencia absoluta de tiempo libre, la imposibilidad de hacer cosas tan básicas y necesarias como ducharse, las lagunas de memoria y los problemas de concentración, todo conduce al desánimo y la apatía… Unas veces me lo tomo con resignación, otras noches me desespero, algunas noches me enfado y tengo ganas de liarme a golpes con los cojines del sofá, otras noches me ha faltado muy poco para llorar, algunas veces me he sentido incapaz de soportarlo ni un minuto más… Es muy fácil caerse al pozo de la desesperación, porque no dormir es una tortura en toda regla.

El sueño infantil

Pero lo que me amarra fuertemente para no caer en él es saber cómo funciona el sueño infantil, saber que esto, tarde o temprano, pasará, que aunque nuestro caso sea quizá algo exagerado, no tiene gran importancia y es normal, ni más ni menos que lo que han pasado millones de padres antes que nosotros. Si hay algo completamente cierto es que la infancia de nuestros hijos pasa muy deprisa y, cuando menos lo esperemos, todos estaremos durmiendo mejor. Mientras tanto, mucho café para el que lo tolere; en mi caso, Twitter es mi gran compañero. Así que si me leéis a altas horas de la noche, ya sabéis que ando acompañando los sueños de mi bebé-liebre (por lo de dormir con un ojo abierto).

Por Mamá (contra) corriente