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La maternidad expatriada

Yo me vine a las Teutonias soltera y sin compromisos. Feliz, inconsciente y muy muy inocente. Pensé que lo único que me separaba de la vida que dejaba eran tres horas de avión y el jamón. El, por aquel entonces, famoso Europa 15 me mantenía en contacto con mis padres, (sí, ¡15 minutos! ¡toooooodos los días!) y Facebook hacía un apaño más que aceptable con los amigos de toda la vida. Luego tuve un hijo y se abrió un abismo insalvable, llegaba a mi vida la maternidad expatriada.

Porque no importa las veces que viajes a España, las horas de webcam enseñando al polluelo frotarse el ojo derecho o parpadear en sueños, las fotos que mandes, los protocolos detallados que hagas sobre las salidas dentales, el escupimiento sistemático de puré, o el perfeccionamiento del brrrmbrrrmm señalando coches…

Ser madre y vivir en otro país

Cada domingo sabes que no vas a ir a comer a casa de tus padres, que se han perdido sus primeros, segundos y hasta décimos pasos; que tu madre no te puede acompañar al ginecólgo, ni traerte unas lentejas, ni regañarte porque lo tienes todo manga por hombro.

Tus amigos de siempre se saben la vida y milagros de sus hijos y a los tuyos los han visto tres veces en tres años, no saben cómo es tu casa ni comprenden tu día a día. Vuestros niños no serán amigos, no irán al mismo colegio ni se taparán las gamberradas.

La canción infantil de referencia en tu casa es, muy a tu pesar, Alle meine Entchen y no el Ratón de Susanita; la comida preferida de tus niños son los Kässpätzle, por mucho que les guste el cocido; nunca usarán cuadernos Rubio y siempre celebrarás el día de la madre una semana después de felicitar a la tuya.

Triste hasta extremos insospechados. Esos pequeños detalles de la vida cotidiana, los que de verdad hacen tu infancia, no se parecerán nunca a los tuyos.

También hay ventajas

Pero como una no está para dejarse llevar por la melancolía –además de que el corro de la patata en su versión asaetada no triunfa entre polluelos–, se disfrutan y aprovechan las ventajas de estar lejos de casa que, como las meigas, haberlas haylas.

Tendrás meses enteros para adecentar la casa antes de que tu madre entre regañándote por cómo lo tienes todo. Ese cuadro horrible que te regalaron colgará en tu salón el tiempo exacto que tardes en hacerle la foto y adjuntarla en el mail de agradecimiento. Si te espantan las borlas, puedes esconderlas en lo más profundo del cajón y sacarlas sólo cuando visites las Hispanias.

Ser el único ejemplo de cultura española en tu Haus te permite ser selectiva y manipuladora, prohibiendo la combinación de sandalia y calcetín (atentado contra tu concepto educativo) y fomentando los besos y payasadas maternales a todas horas.

Y sí, el idioma es agotador y mareante, todo el día corrigiendo y vocalizando y vuelta a corregir… pero si viviésemos en España, Destroyer no seguiría pidiendo cosquillas a grito de … ¡¡mamá morde muslamen!!

Fátima Casaseca

Publicado el 25 May, 2012