Por Boticaria García

Desde que nació mi querido primogénito he escuchado la misma frase en boca de familiares, amigos y opinólogos varios: «¡Es una suerte ser boticaria, con la farmacia a mano lo tienes todo mucho más fácil con los niños!». Nada más lejos de la realidad. Ser hijo de una madre boticaria no es ningún chollo. Y si no, que se lo pregunten a los míos. He aquí tres falsos mitos que hoy quiero desmontar:

1. Tus hijos tendrán lo mejor de lo mejor. ¡Falso! Ya lo dice el refrán: en casa del herrero, cuchara de palo.  ¿Ese biberón de hace dos colecciones que nadie quiere porque han cambiado las tendencias en biberones? No importa, para mi niña. Al fin y al cabo, lo vintage está de moda. ¿Esos cereales con fibra y muesli que encargó una mamá y nunca vino a recoger? No importa, para mi niño. No pueden estar tan malos. ¿Esa crema del culete que va a caducar dentro de pocos meses? No importa, para mi niña. Hay que apurar los stocks antes de que sea demasiado tarde.

Mis pobres hijos no han tenido lo mejor, más bien han sobrevivido a base de los productos que su madre les ha llevado de la farmacia.

2. Podrás conciliar llevándote a los niños a la farmacia. ¡Falso! Si bien es cierto que durante el primer año disfruté de muy buenos ratos con mi hijo en la rebotica, un día sucedió algo inesperado: ¡el niño empezó a andar! ¡y a abrir cajones! Tener a un bebé explorando el mundo entre cientos de cajas con la advertencia «manténgase alejado de los niños» es lo más parecido a meterlo en un campo de minas. Por no hablar de su hermana, que en una de sus misiones exploradoras descubrió el botón anti-atraco (ése que casi habíamos olvidado dónde estaba) y lo pulsó sin decir ni pío. Aquello fue de opereta.

Tener a niños pululando dentro de la rebotica te convierte a ti, y a todos los que allí trabajan, en especialistas en escenas de riesgo.

3. Como eres farmacéutica sabrás qué hacer en todo momento si tus niños se ponen malitos. ¡Falso! Además, escribir un blog con consejos sobre puericultura y salud infantil, puede ser contraproducente. Cuando se trata de mis propios hijos, de la carne de mi carne, puedo llegar a perder toda la objetividad. Por mi mente cruzan en formato post un amplio abanico de patologías pediátricas y necesito que un profesional algo más imparcial ponga las cosas en su sitio.

¡Ah! Y sabed que los piojos me provocan los mismos sudores fríos que a vosotras. O más. Haberlos visto al microscopio no ayuda en absoluto.

A pesar de todo, a mis hijos les encanta venir a ver a su madre trabajar en la farmacia. Se ponen unas batitas a su medida y le toman la tensión a los sufridos parroquianos con los que tengo más confianza. Eso sí, cuando entran por la puerta, tapamos el botón anti-atraco con un esparadrapo. Por si las moscas.