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La experiencia de ser madre

Por  Mamá(contra)corriente

Estudié mi carrera y mi máster con mucha ilusión. Me encantaba el Derecho y estaba convencida de que quería dedicarme a ello. Encontré lo que, en principio, era un excelente trabajo, con un buen sueldo, grandes perspectivas, todo parecía sonreírme. Sin embargo, aquello era un arma de doble filo porque esa clase de vida iba en contra de mi verdadero sueño: ser madre. Así que tuve que tomar la decisión más importante de mi vida: dejarlo todo para formar una familia.

Formar una familia

Mucha gente cree que cometí un error tirando mi carrera por la borda. Otros (los menos), creen que fui muy valiente. Realmente no fue ni lo uno ni lo otro. Aquello fue una decisión vital ineludible: tenía que cumplir mi sueño para poder ser feliz. En ese momento comprendí que la felicidad es algo totalmente modulable y personal que, desde luego, no debe responder a las expectativas que los demás tengan de nosotros. Es posible que aquella vida fuera un sueño para muchos, para mí no lo era.

Tener a mi hijo en brazos fue una auténtica revolución interior. Mi sueño estaba ahí, ya se había cumplido. Cambié de la noche a la mañana, como si de un milagro se tratara. Empecé a disfrutar de verdad de los valores y principios que siempre había tenido y dejé de esconderme. Me encontré con  menos dudas porque confiaba en mi instinto y descubrí una fuerza que ni yo misma sabía que tenía.

Las primeras semanas tras el parto fueron de euforia. A pesar de la falta de sueño, tenía muchísimas ganas de hacer cosas, no me encontraba cansada, tenía siempre la sonrisa en la boca y el corazón abierto de par en par. Ser madre era lo más maravilloso del mundo y se me salía por los poros de la piel, era evidente para el mundo entero.

La experiencia de ser madre

Ahora han pasado 16 meses y sigo prácticamente igual que entonces (las hormonas del posparto ya no me acompañan, es la única diferencia). Por fin, he dejado de ser pesimista y casi todo me parece relativo. Siento una gran paz interior porque he comprendido que sólo hay unas poquitas cosas en la vida que son realmente importantes. Puedo contestar que «estoy muy bien» cada vez que me lo preguntan y que sea cierto. Tengo ganas de contarle a la gente por qué soy tan feliz porque creo que puedo aportar algo al universo.

Tuve la ocasión de dejar de trabajar y poder dedicarme en cuerpo y alma a mi hijo y me agarré a ella con fuerza. Esta vez ya no me dio miedo defraudar las expectativas de la sociedad. Porque ahora que he conocido mi felicidad, ya se dónde se encuentra, no necesito salir a buscarla en el éxito profesional, o en el consumismo irracional, o en el egocentrismo sin límites. Encontrar mi sitio en el mundo me ha dado una serenidad que antes no tenía.

¿Soy feliz? Sí, más feliz que nunca. Me llena ver a mi hijo crecer cada día, saber que es el fruto del amor entre mi marido y yo. Me siento realizada como persona y como mujer y hago cada día exactamente lo que quiero hacer. No se le puede pedir más a la vida.

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Publicado el 01 Mar, 2011

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