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Chupar, un instinto natural

El pequeño, desde el momento de su nacimiento, satisface por medio del pecho de la madre no sólo su necesidad de alimentarse, sino también su necesidad de afecto. Por lo tanto, es normal que, si entre las tetadas tiene hambre de leche o de cariño, sienta la necesidad de encontrar un sustituto del biberón o del pecho materno.

Por ello, para muchos niños, desde los primeros días hasta los tres años aproximadamente, el chupete o el pulgar se transforman en sus amigos inseparables, siempre dispuestos a consolarles.

Chupar es una necesidad

Durante los primeros tres meses, la necesidad de chupar se transforma pronto en una necesidad independiente del hambre. Y es que, junto con el llanto, chupar permite al niño descargar su tensión. Pero los meses pasan... y con ellos el chupete se transforma en una presencia que recuerda al niño el inmenso placer producido por la cercanía de la madre. Por ello, pasados los primeros seis meses, cuando la necesidad de chupar es menos intensa, el chupete o uno de sus dedos se transforma en un objeto que hace compañía al niño en los momentos en que siente más necesidad de consuelo: al irse a dormir, cuando su mamá desaparece, etc. Sin embargo, además de esta acción consoladora, el chupete proporciona al niño una mayor autonomía, pues le permite satisfacer por sí solo su necesidad de contacto o de compañía. Tanto el chupete como el pulgar se consideran instrumentos que proporcionan al niño el paso necesario para acercarse a la realidad exterior.

 

Mejor el chupete que el pulgar

El chupete es mejor que el pulgar, porque el primero ejerce menos presión sobre los dientes y, por lo tanto, disminuye el peligro de alterar las arcadas dentarias, determinando un mal cierre de las mismas. Por otro lado, es mucho más fácil controlar el empleo del chupete y decidir el momento de eliminarlo, pues el pequeño siempre tiene el pulgar... al alcance de la mano.